Helmut Ditsch

"Mis cuadros son una advertencia de cómo hay que mirar y tratar a naturaleza”

Pinta glaciares y desiertos que exploró y montañas que escaló.

Pinta todo en grandes dimensiones y lo vende de la misma manera, a no menos de U$S 300.000. Es uno de los pintores argentinos vivos más cotizados del mundo, vive en un castillo en Irlanda y conduce una Ferrari. Pero dice que la única vez que se sintió "rico" fue al hacer cima en el Aconcagua. Un artista raro, único, muy especial...

Texto: Alejandro Cúpula Fotos: Ezequiel Escalante

Existe una creencia que indica que los artistas son personajes torturados, incomprendidos en vida y que el reconocimiento les llega –si llega– sólo con la muerte. A veces adelantados a su época, algunos sufren críticas despiadadas, prohibiciones y burlas. Entonces al artista no parece quedarle otro camino que vivir "condenado" a embellecer el mundo con el dolor como inspiración y en absoluto anonimato. Pero, a veces, nada de esto sucede... 0 emerge la inevitable excepción a la regla.

Tal vez éste sea el caso de Helmut Ditsch (42), uno de los pintores argentinos vivos más cotizados en el mundo. Radicado en Irlanda, donde vive en un imponente castillo del que va y viene en una Ferrari Modena 360 amarilla -valuada en 14.000 Euros–, no se desprende de un cuadro suyo por menos de 300.000 dólares y su obra más cotizada hasta la fecha la vendió en 400.000 dólares.

Descendiente de austríacos, casi como un karma –una herencia– del artista innato, Ditsch aprendió desde muy chico lo que es el dolor que sacude y moviliza: a los siete años de edad perdió a su madre, víctima de cáncer. "Empecé a buscar respuestas a través de la pintura ", comienza a repasar su vida durante una breve visita al país. Observando la Cordillera de los Andes desde Mendoza, lugar al que iba todos los años, Helmut fue definiendo su estilo, recibiendo la influencia de la imponencia del paisaje. Al principio, sus pinturas tuvieron un "toque" surrealista, fruto de su admiración a Dalí. "Aunque en mi familia eran conscientes de mi habilidad, a veces me veían como un fenómeno extraño", recuerda Ditsch. Ahora, pinta elementos de la naturaleza –glaciares, montañas y desiertos– en cuadros de proporciones monumentales y con un realismo que impresiona.

"Lo mío no es hiperrealismo ni fotorrealismo –aclara–. Mi obra se basa en un fenómeno natural, que tiene similitud con la fotografía a primera vista" .

También es escalador de altas montañas... Todo por seguir un destino que asegura haber reconocido desde muy joven. Así, en 1988 cruzó un océano y se fue a probar suerte a Austria, con unos pocos dólares en el bolsillo y un par de cuadros en la mochila.

–¿Qué recordás de aquel comienzo de tu carrera?

–Ningún artista plástico piensa que va a tener éxito con lo que hace, ni yo tampoco. Jamás pensé que iba a estar donde estoy ahora, pero sabía que iba a ser feliz con lo que hiciera.

–¿Cómo elegís los motivos de tu pintura?

–Sobre todo, necesito estar en el lugar, pero como pinto en grandes dimensiones después tengo que estar en el atelier, así que me llevo fotos como herramientas. Pero lo más importante es haber visto y analizado todo eso. Lo que yo hago no es una copia, es una síntesis, un extracto. Y creo que mis cuadros son un mensaje que va a quedar, como una advertencia de cómo hay que mirar y tratar a la naturaleza. Para lograr el efecto tridimensional en mis pinturas, es importantísimo haber captado el "aura" del lugar –su carácter–, y eso se puede hacer solamente si uno estuvo allá. Y si pinto una montaña es porque también hice cumbre en ella. Así estuve y pinté la Cordillera de los Andes, el desierto, los glaciares y ahora voy a concluir este ciclo de grandes temas naturales con pinturas marinas, con el océano.

–No es común un artista con ese espíritu de aventura...

–La naturaleza tiene energía y es algo vivo que quiero experimentar. Antes de haber escalado el Aconcagua me di cuenta de que tenía que subir, y cuando lo subí vi que el logro no era simplemente el hecho de haber llegado a la cima, sino la puerta que se abría ahí: fue la primera vez que me sentí realmente feliz, lloré de la emoción, supe que era rico, que había descubierto el poder de lo que la vida me había regalado.

–¿Cómo se reflejan tanta exposición física y el compromiso en tu obra?

–El montañismo me transformó en un extremista en lo que hago. Justo ahora vengo de un "exceso", porque estuve cuatro meses completamente solo y encerrado en mi castillo en Irlanda. Yo soy muy disciplinado y de otra forma no podría hacer la pintura que hago, extremadamente detallista y que consume muchísimo tiempo. La gente que está conmigo tiene que ser muy paciente y saber que cuando estoy en esa etapa de creatividad estoy en un momento de exceso y, si alguien interrumpe mi trabajo, quizás pueda cortar el "contacto con las musas".

–¿Estás casado?

–Sí, mi mujer se llama Marion (32 años, alemana, hoy es su principal colaboradora y administradora). Es un ángel que me mandó la vida. La conocí en 1992, en la calle, y tuve una inmediata inspiración, o algo me golpeó para que le hablara. Un mes después, le dije que quería casarme con ella. La adoro, es una persona extremadamente sensible y sabe cuáles son las cosas que necesito. Durante mi encierro, por ejemplo, desde Viena (Austria) ella me compraba la comida en un supermercado irlandés y en un restaurante de comida hindú a través de Internet. Durante ese tiempo, mi único contacto con el mundo exterior fue un pakistaní que me traía la comida. Un día me di cuenta de que él era la única persona con la que hablaba y hasta me hice su amigo.

Profeta lejos de su tierra

Una vez en Austria, a fines de los '80, Helmut Ditsch ingresó a la exclusiva Academia de Bellas Artes de Viena, tras aprobar un estricto examen que sólo consiguen superar 30 entre 500 postulantes. Atrás había quedado Buenos Aires, donde nunca había conseguido congeniar con críticos de arte ni con galerístas, quienes se cansaron de proponerle "un cambio absoluto" de estilo. "Prácticamente querían que destruyera lo que estaba haciendo y que empezara de nuevo", recuerda Helmut casi volviendo a experimentar el estado de resignación de aquel momento. Pero las cosas tampoco fueron color de rosa en Europa. Si bien comenzó a vender cuadros y, sobre todo, a ganar importantes premios académicos, los galerístas del Viejo Mundo también le "proponían" un cambio al que siempre se resistió.

–¿Cuál fue el momento de quiebre de tu carrera?

–El gran golpe vino en 1995, cuando gané el concurso organizado por el Banco Central de Austria y obtuve la posibilidad de hacer una obra para su nuevo edificio. Al final de mi trabajo cotizaron la obra y me pagaron 300.000 dólares. Era la primera vez que pintaba en gran formato. Fue un gran momento, pero tampoco me sentí también bienvenido con eso. La envidia está en todas partes y aún hoy extraño mucho Argentina. Siempre digo que el lugar donde más reconocido me sentí fue acá, cuando hice mi exposición en el Museo de Bellas Artes, en el 2001. Exhibí sólo diez obras que vieron más de 120 mil personas durante apenas tres semanas. Eso sigue siendo lo más grande de mi carrera.

–¿Más que vender una obra por 300.000 dólares y vivir en un castillo?

–Vivo en un castillo como podría estar viviendo en un ranchito en el medio de una montaña. Yo no necesito el castillo para ser feliz, pero me gusta vivir en él por la arquitectura, porque eso también es arte. No me importa lo que representa materialmente. Para mí es un lugar de inspiración fantástico.

–¿Y la Ferrarí? ¿También te interesa como obra de arte?

–Claro. Es algo que me seduce por su diseño y el trabajo creativo que tiene. La Ferrari ya no tiene nada que ver con un auto, es un mito, es belleza. Pero sé que junto con el castillo representan valores materiales y eso se confunde mucho. En todo caso, mi mensaje es muy claro: mi carrera la hice solo y no entregué mi destino a otros, no tuve managers ni galerístas ni nadie que me "manejara la obra", porque ese no es el único camino.

–Ni tampoco es cierto que los artistas son todos bohemios, pobres...

–Pero si sigo así voy a ser pobre también, porque gasto todo lo que gano. La verdad es que no sé cuánto dinero tengo, eso lo maneja mi mujer, y es ella la que me dice "pará" cuando es necesario. A mí todo lo que sea números me parece de terror, y creer que si valoran mi obra en miles de dólares están valorando lo que soy yo nunca me funcionó. Por eso armé con mi esposa y con un equipo de asistentes –que es como una familia– un entorno que necesito para que todo salga fantástico. Ellos filtran todo lo que no sea indispensable para mí, para que yo me pueda ocupar 100 % de la pintura.