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REINHOLD MESSNER

Dudas, miedos, sentimientos exaltados



Que nadie espere de mí comentarios o juicios de valor sobre la obra de Helmut Ditsch. No soy ningún experto en arte, ni mucho menos crítico. Algo entiendo de literatura pero poco de música y pintura. Tampoco sé manejar los pinceles y los óleos. Sólo soy diestro con la piqueta y los crampones. La mochila y las botas de escalada forman asimismo parte de mi equipo habitual. Y es que para defenderme en la montaña, en medio del hielo o de la arena, no necesito mucho. En lo mío soy bueno; en todo lo demás, un mero aficionado. Ditsch, por su parte, es un artista, un conocedor, un visionario. Hay algo que sin embargo nos une en una misma cordada: Helmut Ditsch y yo somos seres errantes; en los hielos, en la arena y en las alturas. A lo largo de nuestra vida –durante la travesía de regiones secas y salvajes, de desiertos de hielo y arena–, hemos tenido vivencias parecidas, hemos experimentado emociones tan fuertes y, al parecer tan similares, que han hecho que lleguemos a conocernos.
Desde hace diez años nos vemos esporádicamente. Eso no quiere decir que nos hayamos convertido en una cordada en la montaña. Somos un equipo de otro tipo. Cambiamos impresiones. El arte, espacio que Helmut Ditsch domina, está directamente relacionado con los conceptos de íntima unión, de compenetración, de perfecta armonía y fusión. Lo que a Ditsch lo mueve y lo conmueve, lo que para él es importante, se hace real, tangible, visible. Por tanto, su arte también está relacionado con la radicalidad, una radicalidad reservada, intrincada, inabarcable. Es sabido que quien distrae sus fuerzas en muchos asuntos no se podrá concentrar especialmente en uno; nunca logrará identificarse del todo con una gran causa, jamás se entregará a ella totalmente y la convertirá en su única causa.
Por algo todas las grandes religiones han surgido en regiones desérticas, en espacios rodeados de altas montañas o en medio de la nada. Moisés bajó los Diez Mandamientos del monte Sinaí. Los griegos situaron a sus dioses en el Olimpo. Buda se dedicó a meditar a los pies del Himalaya. Mahoma cruzó áridas y desérticas mesetas. ¿Un requisito necesario para lograr el estado de concentración? Zaratustra ascendió a una montaña sólo para descender de ella. Igual hizo el Zaratustra de Nietzsche. ¿Quizás en un intento de llegar a conocer el propio mundo interior? Algo sí es cierto, sólo podemos alcanzar lo trascendental si nos atrevemos a ingresas en los límites del más allá, en el terreno que queda vetado a la racionalidad.
Yo me considero un nómada. Y no es que eso sea una profesión; es un estado. No me gustan las cruces de las cimas, ni los estandartes. Mi mundo tampoco es el de las flores edelweiss. No es eso lo que yo busco en la montaña. Ya en la ascensión de 1978 al Monte Everest realizada sin máscara de oxígeno junto con el grandioso escalador Peter Habeler, oriundo del valle del Ziller en Tirol, prescindí de símbolos nacionales. En la cumbre no hubo banderas, himnos triunfales, ni pompas. Tampoco inciensos y honores patrioticos a la vuelta. ¿En representación de qué país se supone que debería escalar un tirolés meridional? No me siento ni italiano, ni austríaco, ni alemán. Soy un europeo del Tirol Meridional y ciudadano del mundo, y me considero un nómada. Cuando asciendo a la montaña, cuando emprendo una expedición, soy un ser errante, que se encuentra muy lejos, fuera, en un mundo que es de todos, pero al que la mayoría no tiene acceso. En esos momentos pienso con las piernas y reflexiono con los pulmones. Cuando subo a las alturas, en una actitud vital entre el sacrificio proprio y la posible autoinmolación, son los instintos, los músculos, el cuerpo entero los que piensan por mí. Al ascender, escalar, andar, soy simplemente un ser errante que experimenta sus vivencias en los límites con el mundo habitado, más allá de cualquier moral. He tenido ese sentimiento una y otra vez, y lo he expresado en imágenes orales. De la misma forma, Helmut Ditsch refleja sus emociones en los cuadros.
Pero quizás sea necesario matizar esta idea. No es que yo pretenda matarme mientras escalo el K2 o cruzo las tierras antárticas. No es eso. Seguir vivo es lo único que me importa, pero quiero hacerlo precisamente allí, donde, por causa del frío, la altitud, la oscuridad, la falta de oxígeno o la sequedad del desierto, la supervivencia del ser humano resulta muy difícil, casi imposible. Y para ello he estado siempre dispuesto a invertir recursos, tiempo, entusiasmo y voluntad. Con objeto de realizar mis visiones empleo por completo los medios de los que dispongo, me lo juego todo. Cada vez que parto me arriesgo a no regresar. Y precisamente en esa trayectoria errante entre el sacrificio y la destrucción de la propia persona surge de nuevo el paralelismo con Helmut Ditsch. Quien tiene el valor de crear pinturas de gran formato, quien se enfrenta así a tan vastos paisajes, sólo puede hacerlo con esa actitud entre el sacrificio proprio y la posible inmolación. En este caso, el riesgo del pintor no reside tanto en fallecer, en morir de inanición o congelado, sino en perderse o perder la razón en el empeño, en llegar a dudar de la tarea autoimpuesta.
El mundo que muestran las pinturas de Ditsch –séracs, desiertos, regiones glaciales– apenas existe ya. La globalización, sobre todo la globalización de la industria turística, ha engullido todo lo lejano, todo lo remoto y desconocido. Ya no existe la naturaleza salvaje. Por supuesto que aún existen témpanos y serács desprendidos de los glaciares a la deriva en el mar, pero ya no suponen ningún peligro. Pero esas superficies de hielo, admiradas por millones de turistas, además de remotas son estériles. Esos no son los ventisqueros de Helmut Ditsch, no tienen nada que ver con la realidad helada del artista. Por el contrario, es un mundo banal al servicio del mero espectáculo, como los animales en el zoológico. Quien vaya a la Argentina a admirar los témpanos verá, oirá, olerá el hielo. Pero ¿dónde queda el miedo, el riesgo? Hoy en día hay andadoras y sendas para los amantes de los deportes en la naturaleza por doquier. Y no me refiero sólo a las pistas de esquí, sino a las rutas de ascenso al Monte Everest que cualquiera puede reservar con el catálogo de una agencia de viajes en la mano. Animación, guías, una sopa en la ladera sur y reservas de oxígeno en la cumbre, todo incluido. Ese no es el mundo que nosotros añoramos simplemente porque no es el mundo que nos reta, que nos obliga a reflexionar sobre nosotros mismos y sobre nuestras limitaciones.
Los polos Norte y Sur fueron conquistados hace cien años. Para la mayoría de la humanidad siguen siendo sin embargo inalcanzables. El «polo este» o el «tercer polo», como se llamó en principio al Monte Everest, se alcanzó por primera vez hace medio siglo. Los primeros en llegar a la cima fueron Sir Edmund Hillary y el sherpa Tensing Norgay el 29 de mayo de 1953. La hazaña constituyó un gran éxito para el ser humano pero un paso insignificante en el camino del conocimiento. Enormes multitudes aclamaron a Hillary, orgullosas de que por fin ese objetivo imposible hubiese sido alcanzado. Pero como consecuencia, la cima del Everest se fue haciendo cada vez más banal. En el 2003 celebramos un gran acontecimiento: cincuenta años de ascensiones al Everest. Pero al mismo tiempo tuvimos que lamentar que ese remoto lugar, antaño inalcanzable, el punto más alto de la Tierra, se haya convertido en accesible para cualquiera. El aura mágica que rodeaba al Everest ha desaparecido. Y lo mismo ha sucedido con muchos otros lugares. Hoy en día podemos dar la vuelta a un mundo banalizado que, sin embargo, no consiste sólo en la realidad visible. Todos tenemos la posibilidad de llegar a donde nuestros abuelos ni siquiera soñaron. Pero el universo resulta ahora más virtual que real. Por eso es sumamente importante que los artistas creen otra realidad.
Ditsch y yo estamos siempre en actitud de búsqueda. No somos ni deportistas ni aventureros. No perseguimos alcanzar objetivos extremos rápida y repetidamente. Lo que realmente nos mueve es averiguar lo profundo y lo lejos que somos capaces de llegar en nuestra psique, en nuestro propio interior. El mundo que ambos buscamos es lo desconocido en nosotros mismos. Mi persona, por desgracia carente de habilidades artísticas, sólo puede aspirar a ser un intermediario, una especie de mediador entre el gran público y el artista. Y es que quien no haya tenido la suerte de haber llegado en días pasados a los límites de la Tierra para enfrentarse a sus propias dudas, miedos y sentimientos más exaltados, necesita ayuda para lograr esa experiencia. Es una suerte verse confrontado con la insignificancia del propio ser. Como artista, Helmut Ditsch se dedica a crear imágenes. Él ha alcanzado las mismas regiones, o mejor dicho los mismos últimos rincones remotos de la Tierra, que yo. Pero ha logrado además plasmar la materia, el hielo, la arena o la montaña, porque tiene la posibilidad de concretar, de representar, de compartir lo vivido por medio de su talento, de su total entrega, de su energía artística. Y es que en ese proceso lo material es lo de menos; lo importante son las propias vivencias. En última instancia, las pinturas de Ditsch pretenden describir sólo la naturaleza humana.
En tiempos en los que se extiende cada vez más la histeria de evitar cualquier riesgo, el turismo de aventura crece. Y ya que apenas quedan espacios en blanco en el mapamundi, resulta fundamental dotar al ser humano del valor de descubrir los espacios en blanco e inexplorados de su interior, de atreverse a descifrarlos. Si bien hace cien años la meta era conquistar, eliminar, descifrar los últimos espacios vacíos de los mapas, lo que Ditsch y yo pretendemos hoy en día es que se conserve la naturaleza virgen como medio para acceder a la propia naturaleza humana. Así, Helmut Ditsch no muestra el mundo tal y como es realmente, nuestro interior es mucho más emocionante. Hace cincuenta años, mi empeño se centraba en encontrar sendas intrincadas para llegar a ciertos objetivos autoimpuestos. Hoy, por el contrario, ambos nos ponemos en marcha para encontrarnos a nosotros mismos a través del hielo, la arena, el desierto o la montaña. Lo que realmente nos interesa es la naturaleza humana.
Hace veinticinco años, después de haber escalado el Everest en solitario y sin máscara de oxígeno, escribí al inicio de mi libro sobre esa expedición una significativa frase: «Quería subir lo más alto posible para poder llegar a ver lo más profundo en mi interior». En esa imagen se esconden no sólo las grietas del hielo, sino las de mi propia psique. En las expediciones oímos el crujir del hielo, el latir del pulso. El alma humana se abre a los límites de lo posible. Todo aquel que tiene el valor de exponerse al riesgo experimenta con ello vivencias más intensas. Quien lucha por sobrevivir durante semanas o incluso meses en el hielo, el frío, la inmensidad o la estrechez espacial extrema queda a merced de sus propias limitaciones. Es capaz de oír las palpitaciones, el latir del hielo y del propio corazón. Y es que los humanos no somos seres perfectos. No tenemos facultades o habilidades especiales excepto el conocimiento, la propia conciencia. En comparación con las demás especies de la Tierra somos lentos, torpes y frágiles. Si pienso que hay patos que pueden volar a mucha altura sobre la cima del Everest y recorrer miles de kilómetros por el aire –todo ello sin bombona de oxígeno, me quedo maravillado. El oso polar, por ejemplo, es capaz de cruzar las tierras árticas sin ayuda del GPS, sin saco de dormir, sin trineo de provisiones ni tienda de campaña. Los humanos somos unos pobres infelices en comparación con esos animales. Necesitamos un buen equipo y tecnología para poder defendernos en regiones frías, elevadas, secas u oscuras. Para poder simplemente sobrevivir tenemos que invertir mucha tecnología, logística y dinero. Pero precisamente porque somos seres imperfectos y carecemos de facultades especiales–somos lentos, no poseemos un pelaje grueso ni pulmones adaptados a grandes altitudes–,en condiciones extremas llegamos a vivir experiencias que nos superan, que van más allá de nosotros mismos. Cada vez que probamos nuestros límites, algo se mueve en nuestro interior.
Pero las cumbres, hielos y desiertos no se pueden experimentar parcialmente, en pequeñas dosis. Es imposible cortar un pedacito de montaña para probarla. Cada vez que estoy en uno de esos lugares y regreso, sólo puedo evocar la imagen total. No es que los escaladores no seamos más sensatos, sabios o experimentados al volver de nuestras expediciones. No, lo único que logramos traernos es la visión general de la montaña y el vistazo queuos hayamos atrevido a echar detrás de nuestra propia máscara. Pero ¿hay algo más valioso para la comprensión de nuestra propia existencia humana que el conocimiento interior, la previsión, la contemplación panorámica de nuestra vida? Y es que llegar a obtener una impresión general implica haber comprendido.
Si se pudieran experimentar las montañas y los hielos en pequeñas dosis, se harían innecesarios los cuadros de gran formato. ¡En ese caso Helmut Ditsch nunca habría llegado a mi museo! ¡Y sin embargo éste es el hábitat natural de estos hielos, de esta arena, de estas rocas! Sus impresiones –tan vivas como la noche ártica, las montañas o los desiertos–, siguen siendo arte aunque sean más reales que la propia realidad. Aquí se da un exterio interior. La completa inmersión en ese mundo, en ese universo vivo, tiene mucho que ver con la muerte, así como con la imperfección, con la vulnerabilidad, con la idea del principio y el fin. Con la acción, es la muerte la que entra en juego. Lo único que permanece es el alma si uno dispone de facultades manuales y artísticas. Helmut Ditsch nos habla de un cosmos que la mayoría evita. Pero como es artista no se limita a transmitir su propio mundo, sus vivencias o su conocimiento: como creador aprovecha sus herramientas para describir la creación.
Lo que yo hago no es necesario; ni siquiera es útil. Lo reconozco: soy y seré el conquistador de lo inservible. Nunca traigo un botín cuando regreso del Monte Everest. Allá arriba no crece nada. Tampoco hay oro; ni siquiera sabiduría. En la grandes alturas, la presión parcial de oxígeno es tan baja que resulta dificultoso el solo hecho de existir. Si se sube sin máscara a la llamada «Zona de la Muerte», el riego sanguíneo no llega a todo el cerebro por lo que la realidad parece envuelta en niebla. Cuando una persona se encuentra a 8.500 m tiene la sensación de estar bajo los efectos de un suave narcótico, de tener el cerebro lleno de algodón. ¿Cómo va a sentirse alguien iluminado en esas circunstancias? No, ahí arriba no se está más cerca del cielo. Cabría pensar por tanto que los 8.000 m que nos separan de la cima del Everest son la medida de lo inmensurable. Y es que para tender un puente hacia el cielo hace falta la infinitud. Pero lo que se encuentra al otro lado, todo lo que queda más allá de nuestras facultades, también la posibilidad de conocimiento, no se puede medir ni aprehender con nuestros sentidos, no se puede descifrar. Nuestras facultades psíquicas no logran acceder a ese universo. Así que como tal debemos considerarlo, como lo que queda más allá, como algo a lo que nunca tendremos acceso: lo divino, lo sublime. Un territorio que como nosotros mismos es parte del mundo pero al que sólo los artistas pueden acercarse.
Hoy en día ya no queda nada por descubrir y mucho menos por conquistar. Pero aún hay muchas cosas que experimentar; la verdad es que las nuevas generaciones tienen todo por hacer. Tampoco existe nada representado o concreto definitivamente; cada generación tiene que reinventar el mundo. Y es que el universo no se puede vivir y experimentar de una vez para siempre. Los que vengan después tendrán nuevas cosas que decir.
Conozco pocos pintores que den tanta importancia al tema de la naturaleza como Helmut Ditsch. Cargado de valor inventa su propio mundo. Su tarea fronteriza, siempre al límite, se caracteriza por la renuncia y la austeridad, nunca sucede en grandes y ruidosos escenarios. Él, como yo, trabaja en la arena de la completa soledad. Sólo al regresar aparecemos en los medios públicos. Los cuadros de gran formato surgen tras meses de trabajo en solitario. Como la ascensión a la cumbre, son fruto de la concentración. Y es que sólo tras olvidar al resto del mundo, únicamente con la entrega total, comienza la imaginación. La evocación del más allá tiene por eso mucho que ver con las propias experiencias. De esta forma, la Puna de Atacama, las cumbres andinas o las corrientes de hielo se convierten en un medio para alcanzar la infinitud. Lugares como esos son exactamente los que añoro cuando me imagino los espacios libres, la levedad, lo sublime. No podemos concebir el infinito, sólo podemos intentar acercarnos a él. Por esa razón seré un ser errante toda mi vida; seguiré recorriendo desiertos, hielos y montañas. Con la edad, seguramente tendré que escalar montañas menos elevadas porque para mí es como si crecieran. No tengo la sensación de envejecer. Es sólo que las cumbres me parecen cada vez más altas y por eso me demoro en conquistarlas. A medida que pasa el tiempo veo más claramente lo frágil, torpe y lento que soy. Sí, la edad nos ofrece nuevas posibilidades de experimentar vivencias sobre la existencia humana. El joven Helmut Ditsch aún tiene un largo camino por delante. Podemos estar seguros de que aportará muchas cosas que nos llegarán al alma, cada año que pase más y más. Este artista, también montañista en sus años mozos, ha conservado para siempre la visión panorámica.
Todo lo que he hecho hasta ahora en la vida –y creo que puedo hablar también por el artista, por el compañero de cordada–, forma la propia biografía. Y cada uno tiene que atenerse a la suya. Todos somos responsables de nuestra biografía. Metida en la mochila la cargaré hasta el final de mis días. Pero ella no me sustentará nunca a mí.
Lo que realmente me sostiene, lo que me mantiene joven y me fortalece, y sobre todo, lo que me hace creativo, es aquello que me queda por delante. Son las visiones de futuro las que me llenan. Hoy en primera línea un museo con esta sede central en Bolzano y cuatro dependencias más dedicadas a diversos temas concretos. Es un intento de acoger la montaña en un museo. En esas salas cuelgan los trabajos de Helmut Ditsch a los que me refiero con estas palabras. Y yo me veo entre las obras de arte como un intermediario, como un alcahuete si quieren. Para alcanzar un amplio público y poder llegar a explicar lo que ocurre cuando se encuentran el ser humano y la montaña no hace falta sólo tener una visión general, un par de buenas ideas y arte. Hacen falta visiones; como las de Helmut Ditsch. Conceptos como el vacío, el silencio, la vastedad, la divinidad, lo sublime, serán los que se sigan asomando también en el futuro a sus cuadros. En esa tarea, en su andadura, le deseo fuerza, entusiasmo y, sobre todo, como dicen los tibetanos, que camine con kalipé: «siempre con mano y pie tranquilos


Reinhold Messner pronunció estas palabras con motivo de la inauguración de la exposición Helmut Ditsch’ en la Kunsthalle de Krems el 15 de marzo de 2003.




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