Helmut Ditsch

"Le dije a Cristina que respeten a los artistas”

Es el artista argentino vivo mejór cotizado. Nació en Villa Ballester y vivió en Viena. Hoy reside en un castillo en Irlanda.”

Por Gustavo Cirelli

No sabía que era artista. Tardé muchísimos años en darme cuenta que no era sólo un pintor, sino un artista. Es todo un proceso de madurez espiritual..."

¿En qué momento alguien se puede definir a sí mismo como artista?

Cuando se sorprende a sí mismo con lo que hizo. Tenía 26 años la primera vez que me sorprendí con lo que había logrado. Había madurado y la obra se había hecho independiente, se había convertido en una fuente de energía.

A LOS 26 AÑOS, Helmut Ditsch ya vivía en Austria. Había ingresado a la Academia de Bellas Artes de Viena. Vendió su moto, compró el pasaje y marchó.

Atrás que daba su natal Villa Ballester. Hoy, a los 42 años, reside en un castillo en Dublín, Irlanda. Fue andinista y alpinista. Un montañista extremo que combinó su hobby por las alturas con el arte. Es, también, el artista argentino vivo mejor cotizado. Su obra "Los diez mandamientos II " fue vendida a un coleccionista privado en 420.000 dólares.

Dice Ditsch que lo suyo es innato. Que quizá la clave de su profesión se pueda descifrar tras la prematura muerte de su madre, cuando él tan solo tenía siete años.

Las palabras de su padre abrieron un camino que lo llevó a escalar montañas y lienzos: "Tu madre ahora está con la naturaleza", dice Ditsch que le dijo su padre. "No me dijo que estaba con Dios, sino con la naturaleza. Me lo explicó todo más difícil. Y me llevó a buscar otras respuestas. " Ante la majestuosidad del Aconcagua intentó dar con alguna de ellas: "En el aura de los Andes sentí que estaba mi aura, o el aura de mi madre", dice Ditsch. Y recuerda también que cuando abandonó Villa Ballester no quiso irse, pero Viena le presentaba una oportunidad irrenunciable. Y que algún día volverá.

       En su infancia no había un referente artístico familiar. Nada externo que lo acercase a los pinceles y a las telas. " Sí había algo extraño en mí, me comportaba distinto a mis hermanos", dice Ditsch. "Lo único extrovertido eran mis expresiones artísticas, mis clases de teatro, o hacerme mi propia ropa. Pero con el tiempo me di cuenta de que no era raro: era artista.''

       EL MONTAÑISMO lo llevó de la Cordillera de los Andes, a expediciones solitarias por los Alpes, los Hielos Patagónicos, el Himalaya. Allí está la génesis de muchos de sus cuadros realizados con técnica hiperrealista. Dice Ditsch: "No creo en nada, estoy más allá de las creencias. Lo sé o no lo sé. Mi única religión es la naturaleza, soy devoto de ella".

Se muestra seguro de sus actos, ¿ante la tela en blanco, sabe qué es lo que va a hacer?

Sé muy bien lo que voy a hacer antes de empezar. Desarrollé una técnica para que mi cerebro no tome el control absoluto sobre mi ser. El cerebro es un órgano que controla todas nuestras actividades. Y el espíritu tiene experiencias que a veces el cerebro frena. En mis etapas de creación, el cerebro pierde el control sobre el cuerpo, de forma natural. El ritmo de trabajo me lleva a estar en trance.

¿Lo puede explicar?

La endorfina es una droga que nos provoca placer, y el cerebro hace una concesión sobre el control corporal a cambio de conseguir placer. Tengo períodos de 40 horas seguidas de trabajo. La endorfina provoca un estado fantástico de concentración, de armonía. El cerebro, para los artistas, a veces es un impedimento. Cuando lo puedo entretener con endorfina, le doy con todo en la parte creativa.

¿Cuál es el poder de un artista?

En mi adolescencia tenía la sensación de que tenía que subir al Aconcagua, no a otro lado, ese era mi camino. Cuando llegué a su cima, me di cuenta de que había una puerta para mí. Cuando la abrí, tuve un acceso al poder, fue el primer momento donde me sentí rico, que no necesitaba nada material para vivir. Me sentí poderoso.

¿En el momento de hacer un cuadro, también se siente poderoso?

Sí, siempre. Siento que la verdadera autoridad que tiene un pueblo son sus creadores. Es la autoridad real, es la salvación de un pueblo. Si no tuviésemos eso, la gente moriría, no podría ser feliz. No es el poder político, sino el poder que generan los creadores. Un ejemplo es el caso de Irlanda, donde estoy viviendo, que tiene una política muy generosa para los artistas. Lo hacen porque es una isla pobre que estuvo ocupada por Inglaterra durante cientos de años. A fines del siglo XIX hubo una epidemia que provocó una gran ola de emigración y con los pobres también se fueron los artistas. Se fueron por ejemplo Oscar Wilde y James Joyce. Y hoy, allí, los políticos son conscientes de que la verdadera pobreza de un pueblo es perder a sus creadores. Hoy es un país culturalmente rico, que está vivo y respeta a sus artistas.

Qué lejos está la Argentina de eso...

Sí, por desgracia. Pero hay un gran potencial aquí. El país sufrió mucho. La dictadura se encargó de controlar el poder del grupo creativo. Era un factor de inseguridad para los dictadores. Y en la democracia pasa algo similar. Los políticos le temen a los artistas. Utópicamente diría que a la Argentina le vendría bien un gobierno de artistas, filósofos, científicos y músicos. Y con una administración importada de otro país, para que no sea corrupta.

¿Tiene contacto con artistas argentinos?

Sí, con Charly García, a quien pondría de primer ministro. Soy su admirador. Es un semidios. No importa lo que haga en lo privado, García es un ser celestial. Es indispensable para la sociedad.

Estuvo reunido con Cristina Kirchner, ¿qué le dijo?

Ella me dijo que estaba muy impresionada con lo que yo hacía. Y yo aproveché esa motivación para decirle de la necesidad que tienen los artistas de ser respetados.